El Cuento

[Le Conte en Français] [Short Story in English]
“La Moira” de Erick Merino

Existe una villa no muy lejos de las grandes ciudades que se llama Carey. Todos los habitantes parecen vivir en armonía y la vida cotidiana marcha como los engranes de un reloj.

En Carey, a la orilla del mar, existía una mansión abandonada en las afueras de la villa. A esta casona los lugareños le llamaban La Moira. Nadie se atrevía a entrar en ella. Según cuenta la leyenda, un viejo llamado Víctor Moira la había construido como un retiro, pero el día de la fiesta de inauguración, Víctor había bebido demasiado y cuando se acercó a la playa para brinda con el mar, una ola lo arrebató y lo lanzó contra las rocas. Ahí se ahogó. Al día siguiente encontraron fragmentos de su cara incrustados en la roca, pero su cuerpo había desaparecido.

Desde entonces nadie habitaba La Moira. Parecía ser que el destino de los extraviados se hospedaba en esta residencia. Hacía diez años que un hombre se había ahorcado ahí. Nadie sabía quien era o de donde venía, ni el por qué de su muerte. Su cuerpo estaba cubierto de algas y de líquenes. Él era probablemente un vagabundo ebrio que no tenía nada más que hacer con su vida. La muerte era su destino. Después de este suceso, la mansión sólo servía de resguardo nocturno a vagabundos y animales.

En esta villa nació un niño que fue bautizado con el nombre de Marco. Sus padres se sorprendieron al verlo por primera vez, porque recién nacido, le notaron una pequeña marca en la cara. Pero conforme pasaron los meses, la marca se hacía cada vez más grande, hasta el punto de causar repugnancia. Era como si alguien hubiera trazado un mapa en su cara.

Marco apenas tenía cinco años, cuando la tragedia llamó a la puerta de su vida. Cuando él dormía, un hombre entró en la casa donde vivía con sus padres. Venía de La Moira. El hombre subió al segundo piso donde sus padres se encontraban y les dio un balazo en la cabeza a cada uno. El loco se sentó en el suelo y tranquilamente los vio morir. Se mecía cruzado de piernas, mientras veía los pegajosos trozos de cerebro resbalar jugosamente sobre sus caras. El loco se dirigió al refrigerador, sacó unos fiambres, y se los comió al lado de los muertos. Les convidaba como si fueran sus muñecos de juguete preferidos: “Ellos no tienen hambre, ya que acaban de cenar”, se decía a sí mismo.

Cuando amaneció y salió el sol, el loco se fue y nunca se volvió a saber nada de él.

Marco despertó y vio a sus padres. Enmudeció.

El orfanatorio de Carey lo acogió. Más tarde, las matronas del asilo de huérfanos trataron de darlo en adopción, pero nadie lo aceptaba; con esa marca en la cara y mudo… ¿quién lo iba a querer?

Así creció en el orfanatorio, como un escarabajo extraño. Todos le tenían respeto por su determinación. A nada de lo que él mandara le ponían peros, y se resignaron a aceptar sus decisiones por miedo a las consecuencias. Todos los huérfanos le tenían pavor.

Un día, sus “hermanos” del orfanatorio lo retaron a que entrara a la maldita Moira y sacara un objeto de ella. A Marco le dio temor porque acababan de contar los del cuarto ‘D’ que ahí estaba viviendo un leproso. Pero se armó de valor y decidió aceptar el desafío.

Caminaron hacia La Moira y lo esperaron en la playa. Ellos no se atrevían a acercarse.

Él caminó sobre el arena crujiente hasta llegar a la bardita de madera. La Moira era imponente e inhibía. Era alta, de ladrillo y cubierta de enredadera. De la puerta de la casa salía un camino de piedra que llevaba hasta la bardita donde ahora se paraba Marco. Parecía infinito. Por fin decidió entrar, no quería perder la reputación que tenía de valeroso y abrió la reja de madera. Cuando Marco trató de dar el primer paso, un gato pareció salir de la nada y se paseo entre sus pies. Sintió que su espina dorsal se le helaba. Poco después comenzó a caminar, pero como si tuviera plomo en los zapatos y su avance parecía perpetuo y sin meta final.

Por fin llegó a la puerta. Estaba cerrada. ¿Y si al abrirla le salía el leproso? Con el peso de su cuerpo sobre la madera podrida del piso, la puerta se abrió sola.

Frente a él había una escalera de madera, con una alfombra derruida y agusanada. En el descanso de la escalera estaba el retrato de un hombre ricamente vestido. probablemente Víctor Moira. Cuando se dio cuenta, ya había subido el primer escalón. Parecía que los ojos del retrato lo llamaban, que le decían que entrara… le daban una macabra bienvenida.

Subió las escaleras. Bajo el retrato se encontraba una mesita, y sobre ella, una llave antigua. Tomó la llave, se la guardó en el bolsillo y siguió subiendo la escalera.

Hasta arriba, vio una puerta abierta, la de un cuarto pintado de verde olivo o ¿era lama?

Sí, ahí fue donde se ahorcó el vagabundo hacía tiempo. La curiosidad mató al gato, dice el dicho, así que subió, entró y vio colgada de una vigueta una cuerda tensa, de la cual se suspendía un ahorcado, un péndulo. Estaba morado y goteaba. Marco gritó, recuperando el habla. Lo primero que dijo – ¿Pero qué hace usted aquí? - Preguntó Marco con una voz que no era la suya – ¿No se lo habían llevado? -

El ahorcado abrió los ojos y miró a Marco.

Lo último que él recordaba cuando se dio cuenta de donde estaba, eran las risas de sus “amigos” al verlo salir de La Moira, pálido como el marfil.

Estaba sudando y había corrido todo el camino hasta el orfanatorio. Cuando llegaron los demás le preguntaron que había visto. Él honestamente les contó. Ellos inmediatamente lo convirtieron en el hazmerreír del pueblo, pero nadie podía desmentirlo en su cara, porque sus ojos decían la verdad y les daba miedo. Jamás ninguno de ellos volvió a retar a nadie a entrar en La Moira.

Marco creció hasta llegar a la edad en la que tenía que dejar el orfanatorio. Decidió que tenía que probar su fortuna, averiguar su destino.

Dejó atrás Carey y viajó por todo el mundo. Siempre viajaba solo, no le gustaba la compañía, pero en uno de sus viajes que realizó en caravana se encontró con una bruja que parecía ser una pieza del rompecabezas de su vida.

Al verle en la cara la marca natal, la bruja se apartó de él. Él trató de averiguar la razón.

Ella lo vio a los ojos como saliendo de un trance y le preguntó – ¿Qué buscas? -

Él respondió – Mi destino. -

Ella bajó la cabeza y empezó a jugar con unas monedas aceitosas que tenía en la mano.

- ¿El destino eh? ¿y crees que lo vas a encontrar? Es él, el que te va a encontrar, lo veo en tu cara. -

Recorrió la mirada desde los pies de Marco hasta la marca natal, – Hay muchas cosas que te puedo decir, pero no debo. Tu historia está trazada en esa marca que tienes en la cara, hasta el día de tu muerte. Pero no te lo diré a menos de que tu me lo pidas. El saber tu futuro es como ver dentro de una botella… entre más observas el interior, más quieres saber; y así la aprietas y la aprietas hasta sacarle todo el jugo, hasta que la presión de la botella te enseña el fondo. Y cuando la sueltas. la presión succiona tu ojo hacia dentro, quedando tuerto, con tu ojo dentro de ella. -

Atemorizado él le preguntó – Sólo quiero que me digas una cosa. -

La bruja frunció una ceja y le dijo – Dicen que la curiosidad mató al gato, pero bueno, te veo tan perdido. Te diré tu pasado. Veo a tus padres muertos, sufriste, olvidaste. -

Las imágenes del presente se borraron y el pasado se presentó. Envolvió el cuerpo de Marco y la memoria de sus hechos se personificó. Tenía cinco años. Un hombre leproso tocó en la ventana de su cuarto, le guiñó un ojo y le sonrió con sus encías reventadas. El leproso le dijo que era la hora del segundo cajón. Marco entendía. El hombre desapareció. Sus padres estaban en el piso de arriba, en el estudio, leyendo. Él entró en el cuarto de ellos y tomó el revolver que estaba en el segundo cajón del buró, ese cajón que le habían prohibido abrir. Cargó el revolver y subió las escaleras.

- ¡Basta! No me digas el pasado, - dijo Marco – yo sólo necesito saber… -

- Tu destino. ¿Para qué? Si todo esta inscrito en tu cara desde que naciste. La llave del destino se encuentra en tu bolsillo. Es tu decisión como utilizarla. -

Y después de una pausa ella le cuestionó – ¿Cuál es tu pregunta? -

- ¿Qué día voy a morir? -

Ella se lo dijo.

Él nunca volvió a ver a la bruja después de ese viaje, pero sentía su presencia. Sólo faltaban pocos años para que la fecha citada llegara.

Siguió viajando por el mundo, todo en vano, porque no encontraba su destino. No tenía amistades y ni siquiera un empleo fijo. Todos lo creían loco. A veces se ponía a platicar solo, pero si alguien que venía de Carey lo hubiera escuchado con quien hablaba, inmediatamente se hubiera dado cuenta de que era con sus padres y con Víctor.

Fumaba cigarros y cuando llegaba a la colilla se la apagaba en el cuerpo, como tortura. La colilla se le hundía en la piel, y al cocinarse, humeaba y se floreaba. Se golpeaba con un látigo todas las noches y gritaba pidiendo perdón. Jugaba con la llave que había sacado de La Moira hasta sacarse sangre y lustrarla.

Soñaba que subía las escaleras de La Moira y veía el retrato de Víctor, llegaba a la puerta y la abría. Veía al ahorcado pero, el ahorcado era él, Marco. Su piel estaba podrida y arrugada, sus ojos se la habían escurrido como yemas de huevo y yacían en el suelo como carnes semi digestadas, olía a mantequilla rancia. Se veía a si mismo mecerse en esa cuerda maldita hasta que el cráneo se deslindaba de la espina dorsal. Un hueso crujía y los tendones y venas se restiraban. Después se reventaban y la cabeza se desmembraba del cuerpo. Se desplomaba el cadáver, pero la cabeza permanecía atada. Los párpados temblaban y se abrían. En el fondo de esos dos abismos él veía los ojos de Víctor. En ese momento siempre se despertaba con un sabor amargo en la boca.

Sus pesadillas y castigos duraron años. Pero su peor tortura era saber el día de su muerte.

Eran tres días antes del fúnebre vaticinio de la bruja. Decidió ir a Carey. El viaje le tomó dos días y medio. Al llegar a su villa natal, ¿encontraría ahí su destino? ¿por qué tenía que ser su meta su punto de partida? A Marco esto le parecía un círculo estúpido. Si hoy era su muerte ¿por qué aquí?

Cuando arribó a Carey preguntó por sus antiguos “amigos”, pero ninguno de ellos parecía vivir ahí. El pueblo había cambiado. La Moira seguía en pie y el orfanatorio había crecido. No tenía lugar donde quedarse a dormir y decidió quedarse en La Moira, como los viles vagabundos que tanto había repudiado.

Caminó hacia ella, como si hubiera andado ese camino por años. La observó y se dio cuenta de que era más pequeña y esto le trivializó su miedo. Abrió la puerta de la barda medio derrumbada y caminó el sendero de piedra que había recorrido hacía años. La puerta se abrió sola otra vez, lo estaba esperando. Subió la escalera y se detuvo a ver el retrato de Víctor. Casi toda la pintura se había botado por la humedad. Pero sus ojos parecían intactos. Subió la última sección de la escalera y se acercó a la puerta. Movió la perilla esperando ve lo peor. ¿Vería a su peor pesadilla volverse realidad? La puerta estaba cerrada con llave.

Volvió a bajar la escalera hasta donde estaba el retrato de Víctor y se sentó en el primer escalón. Se puso a reflexionar.

¿Para qué había vivido? No había hecho nada en su vida que dejara huella de su existencia. ¿En verdad tenía él un destino? ¿Había nacido sólo para morir? ¿y después qué? ¿morir para volver a nacer? ¡qué paradoja!

¿Pero en verdad iba a morir hoy? ¿Y si la vieja bruja se había equivocado? ¿Y si no? ¿cómo iba a morir? No había nada aquí en La Moira, ni en Carey, que lo amenazara de muerte.

El tiempo transcurrió y él no moría y comenzó a gritar: ¿cómo me voy a morir? Fue entonces cuando vio un objeto reluciente debajo de la mesa, abajo del retrato. Se acercó y vio una botella de vino cubierta de polvo. El corcho ya medio podrido se hundió cuando lo presionó. Vio dentro de ella. Su vida se encontraba dentro, ahogada, y entonces comenzó a beber. ¿Era su destino beber hasta embriagarse y después ahogarse en el mar?

Bebió y bebió hasta agotar la botella. El alcohol lo empezó a aturdir y comenzó a mecerse, cruzado de piernas. Metió sus manos en los bolsillos y fue cuando sintió la llave que había robado en La Moira hacia ya tiempo. Se acordó de la bruja: era su destino. Subió las escaleras y la introdujo en la cerradura. Entró con facilidad a pesar de los años. La giró, primero a la izquierda y después a la derecha. El mecanismo rechinó y dio la vuelta. Él se congeló en seco. No quería abrir la puerta. Sacó la llave, regresó a la mesa y dejó la llave encima de esta, abajo del retrato. Subió las escaleras corriendo y abrió la puerta.

La puerta giró hacia adentro mostrando sus entrañas verdosas. No había nada. Ni el ahorcado, ni él mismo. Sólo una silla y una cuerda anudada en forma de óvalo, amarrada a una de las viguetas. Se subió a la silla e introdujo su cabeza entre el óvalo formado por la cuerda, no era para él. Marco sólo quería ver qué se sentía estar en el lugar de sus sueños. Volteó a ver por la ventana y se vio a si mismo cuando niño, afuera de la bardita. Volteó a la puerta y vio a Víctor. Resbaló de la silla después de batallar por el asfixio, quedó colgando de la cuerda como marioneta.

Un niño mudo abrió la puerta de la bardita, pero al tratar de dar el primer paso, un gato se le enredó entre los pies y casi lo hace caer. Caminó hacia la casa con pies de plomo, el camino le parecía infinito. Cuando se paró frente a la puerta principal, ésta se abrió. Lo estaban esperando.


© 1994 Erick Merino

Esta obra es un trabajo de ficción. Nombres, personajes, lugares, incidentes y circunstancias son producto de la imaginación del autor. Cualquier similitud a personas, muertas o vivas, a eventos o lugares, es en su totalidad accidental.

Esta obra está protegida por La Ley General de Derechos de Autor. Cualquier parte de esta publicación de ninguna manera, forma o modo se puede reproducir, guardar en un sistema de acceso, o transmitir sin previa autorización del autor (0131). Las excepciones permitidas son para el propósito de la investigación, el estudio privado, la crítica, el análisis y la reseña.

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